Actualización
quincenal, días 1 y 15
de cada mes. TENEMOS
LA
PALABRA Por
suerte
tenemos la palabra,
que es lo mejor que
tenemos. La palabra
calma las aguas,
incluso apaga el
fuego. La palabra
devuelve la esperanza,
enseña el camino,
muestra la verdad,
señala la salida. La
palabra bien dicha es
un abrazo que uno da,
la palabra recibida es
un abrazo que cada uno
se lleva puesto. La
palabra,
y no cualquier otra
cosa, es aquello que
nos hace sabios, es
aquello de lo que
podemos estar
orgullosos. La palabra
debe ser dicha de tal
manera que el otro la
reciba y se la lleve
puesta. Pero si el
otro no la recibe, si
no la entiende, si le
resulta ofensiva y en
consecuencia la
rechaza, entonces esa
palabra fue dicha en
vano. Palabras
hay
por acá y más allá.
Por ejemplo, y para
que sirva de
referencia y poder
comparar, la palabra
del médico es el mejor
instrumento médico. La
palabra del médico de
pediatría y de la
enfermera de pediatría
son el mecanismo que
inicia una consulta,
que la encamina y que
la resuelve. Esta
palabra cura una
herida, calma el
dolor, inspira
confianza. Pero si no
dice lo que tiene que
decir, o lo dice mal y
a las apuradas, o
levantando la voz, si
el mensaje no llega
sano y salvo al
receptor, sea paciente
o sea ciudadano,
entonces la palabra
habrá sido inútil. La
palabra
debe ser lo más
valioso que el
paciente se lleve al
salir. Esta palabra es
de hecho aquello que
el paciente fue a
buscar, y esta palabra
es por tanto lo mejor
que se puede obtener
de la breve pero
intensa relación entre
profesional y
paciente, entre
ciudadanos y
autoridades. La
palabra de verdad es
así un objetivo para
el paciente y para el
ciudadano, y el mejor
instrumento, el único,
para que el mensaje
llegue válido. Si no
llega así, es grito. Y
al grito, silencio. Tenemos
que
velar para que la
palabra valga la pena,
ya sea la palabra del
médico o de la
enfermera, o de
cualquiera, de todos.
Desde no hace mucho
que se dice, con toda
razón, que la labor
del médico no termina
cuando hace un
correcto diagnóstico y
propone un correcto
tratamiento. La labor
del médico recién
termina cuando el
paciente acepta ese
diagnóstico y ese
tratamiento, y pone en
práctica aquello que
le dicen que hay que
hacer. Pero
si el paciente no hace
caso, la labor del
médico y de la
enfermera fueron en
vano, perdieron el
tiempo. La palabra mal
dicha, en efecto, cae
en saco roto. La
palabra útil, en
cambio, es la palabra
que llega, y que
inspira respeto y
confianza, y el médico
y la enfermera pueden
estar orgullosos
cuando el paciente,
cualquiera que haya
sido el motivo de la
consulta, les hace
caso, entiende lo
dicho, lo acepta,
cumple con lo
prescrito. La palabra
adquiere todo su gran
valor cuando llega
sana y vigorosa al
corazón de quien la
recibe. Todo
lo demás es grito. Y
mientras que el grito
es tormenta que pasa,
agua que corre, la
palabra permanece, se
queda, es el abrazo
que uno se lleva
puesto y que no se
olvida. Entonces
tenemos que valorar
más y mejor a la
palabra. Tenemos que
entender que la
palabra debe ser bien
dicha, y sobre todo
debe tener un
pensamiento, un
razonamiento previo
que la fundamente, que
le de sentido y razón.
Antes de la palabra
debe estar el
pensamiento. Siendo
así,
cuando es así, la
palabra es curativa.
Esta palabra atenúa la
preocupación, hace
desaparecer la
sospecha, disipa el
temor, limpia el cielo
de nubes para que
brille otra vez el
sol. La palabra del
médico o de la
enfermera de pediatría
pueden hacer que el
malestar ya no sea
tanto, ni tan malo el
dolor de barriga, ni
tan severo el
malestar, ni tan
amarga la amargura. La
palabra, esta palabra,
le quita ferocidad a
la fiebre, calma la
fiera y al más fiero
le da otra
oportunidad. La
palabra
buena permite
recuperar la alegría,
o imaginarse que
mañana será un día
mejor. Esta palabra
puede darle valor a lo
que parecía tener poco
valor, rescata al
individuo de la
oscuridad, avisa del
riesgo, alerta del
peligro, cuestiona el
mensaje que agresivo
circula impune. La
palabra, y no el
grito, es lo único que
nos dirá por dónde
está la salida. Hoy abunda lo vacío porque estamos llenos de palabras que no llegan y de gritos que menos llegan todavía. Entonces creo que vale la pena promover el gran valor que tiene la palabra como medio de comunicación efectiva entre las personas. Hablo de la palabra de verdad, que primero escucha y después habla. Y que respeta al otro, aunque no le guste, aunque el paciente llore y patalee asustado, pero en seguida se calmará, no con el grito, sino con la palabra. La palabra del médico y de la enfermera de pediatría me parecen un símil adecuado. Si hay que pinchar para poner una vacuna, así lo haremos, pero antes habremos hablado como personas que se necesitan las unas a las otras.-
La
palabra que uno dice
es un abrazo que uno
da, y la palabra
recibida es un
abrazo que cada uno
se lleva puesto. Ahora
tomemos
la palabra En
este contexto de
defender la palabra
como instrumento
creíble y respetable,
serio y responsable,
un grupo de
prestigiosos médicos
australianos
levantan la voz para
quejarse de los
colegas, de los
colegios de médicos,
de
sus asociaciones, de
las instituciones.
Dicen que «No
condenar
explícitamente
las
acciones genocidas del
gobierno israelí en
Gaza
erosiona la
credibilidad moral de
estas instituciones y
los valores que
profesan, y podría
decirse que esto
constituye una forma
de complicidad
institucional». Nos
recuerdan
que el médico no
debe
mantenerse al margen
del sufrimiento de las
personas, y que al
menos tiene que
expresar la palabra
formal para dejar
claro que está en
contra de toda forma
de atropello. La función del médico
es aliviar el
sufrimiento. Y la
condición
colegial de los
colegios de médicos
implica
la obligación
moral, ética,
deontológica, de un médico
defender
a otro si éste
se encuentra amenazado
o de alguna manera se
convierte en víctima. En
Gaza, el ejército
israelí
ataca,
captura,
tortura y asesina a
profesionales de la
salud, destruye
hospitales, centros de
salud, refugios y
escuelas, y aplasta a
quienes estén
adentro. Disparan a
matar contra quienes
hacen cola para
recibir algún
alimento. Disparó
contra una iglesia
católica, cuyo párroco
es argentino, y mató a
varios de los que
estaban allí
refugiados, y después
bombardeó un depósito
de la Organización
Mundial de la Salud.
Esto no es opinión,
sino que son hechos
que están comprobados,
y
que no admiten falsa
defensa ni atenuante,
ni victimismos. El
número
de
víctimas infantiles es
tan elevado que
estamos obligados a
pensar en el genocidio
como mecanismo de
limpieza étnica
a
fin de eliminar el
presente y por tanto
el futuro. Y el
territorio queda como
botín. Y la negativa
israelí
a que los niños
de Gaza reciban ayuda
médica, alimentos,
agua, les agrava
aún
más la situación
y los condena a
muerte. Aunque
lo primero para
nosotros debe ser
defender lo que
tenemos aquí,
esto no quita que las
instituciones, para
conservar la
credibilidad y el
respeto que se supone
que tienen hacia las
personas, se
manifiesten en contra
de toda forma de
atropello. «No
basta con que las
instituciones médicas
proclamen
un compromiso con la
vida y la dignidad
humanas como ideal teórico»,
concluyen los médicos
antedichos.- Ref.:
Genocide
in Gaza: moral and
ethical failures of
medical institutions
(Genocidio en Gaza:
fallos morales y
éticos de las
instituciones
médicas), Lancet,
13/06/25. -
Publica El
Litoral,
martes 05/08/25: html
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