Actualización
quincenal, días 1 y 15
de cada mes. Infancia
y
salud HABLEMOS
CLARO Fuerte
y
vigoroso, en el hospital
Cullen nacía hace poco
un bebé con labio
leporino. Mal llamado
leporino, porque esta
palabra es ofensiva, y
es mejor hablar sin
ofender. La ofensa no
tiene razón, porque la
perdió, a la razón.
Leporino es palabra
ofensiva, como lo es
imbécil e imbecilidad,
idiota e idiocia. Nacer
con
labio leporino implica
que el bebé no puede
prenderse al pecho ni
tomar la mamadera porque
todo lo que le entre por
la boca le pasa a la
nariz, y el recién
nacido entonces se
ahoga. Pero no siempre
es así, porque este
defecto tiene variantes
y magnitudes. Abandonemos
la
ofensa porque no
construye, y necesitamos
construir. El mal
llamado labio leporino
puede ser de un solo
lado (en el labio, justo
por debajo de uno de los
agujeros de la nariz) o
puede ser de los dos
lados. Puede ser sólo
una muesca sobre la
piel, o atravesar todo
el espesor del labio
para llegar a verse la
encía. La encía puede
estar partida y
deformada, y el defecto
puede extenderse hacia
atrás, todo a lo largo
del paladar. Y también
puede comprometer la
nariz por dentro, que
así se abre en la boca.
Si somos capaces de
entender que se puede
decir lo mismo, pero sin
ofender, es posible que
hasta podamos
entendernos. Mejor
no
decir leporino porque
este adjetivo refiere a
la liebre, de la misma
manera que equino
refiere a caballo,
canino refiere a perro,
vacuno a vaca, caprino a
cabra, porcino a
chancho, etc. Entonces,
decir labio leporino es
lo mismo que decir
hocico de liebre, y esto
queda lejos de ser
adecuado para describir,
o definir un defecto,
una malformación del
recién nacido. Podemos
decir lo mismo pero sin
ofender, acá y allá. Debe
decirse
queilosquisis, que es la
palabra que para esto
está en el diccionario
de medicina. Es una
palabra neutra,
respetuosa, objetiva,
tanto como lo son otras
de su familia, como
queilitis, que es una
inflamación del labio,
las boqueras, por
ejemplo. O
queiloplastia, que es la
cirugía, la operación
quirúrgica que repara
una queilosquisis. Fácil
es
observar que esta
operación de cirugía no
debe ser fácil, ni la
puede hacer cualquiera
en cualquier lugar. Esto
también es respeto,
porque las cosas bien
hechas son síntoma de
respeto. Requiere unas
manos hábiles,
entrenadas, artesanas,
meticulosas,
respetuosas, capaces de
hacer en cada caso lo
mejor posible. Requiere
también un muy especial
equipo de enfermería y
de anestesia, y un
material que no falte ni
se quede corto, y un
instrumental
sofisticado. Nada de
esto puede ser barato. Viendo
el
resultado se ve bien que
la inversión vale la
pena. Y se justifica
entonces que un hospital
no pueda estar sujeto al
capricho del señor
presupuesto. Lo que
hacen allá no tiene
precio, pero cuesta
dinero, a veces mucho,
otras veces no tanto.
Quien recorta un
presupuesto para cuadrar
unos números durante un
día o un año provoca un
daño profundo que no es
de un día ni un año,
sino que puede ser para
siempre. Es
probable
que otro hubiera sido el
resultado si no hubiese
estado disponible el
personal idóneo, con los
instrumentos y los
materiales idóneos. Un
mal resultado es más
barato, pero es malo
para siempre. Hablemos
claro, hacer las cosas
bien hechas es síntoma
de respeto. Hacerlas en
barato, a medias,
recortadas por recortes,
esto nos avergüenza a
todos. Otra
cosa
distinta es querer
optimizar los recursos
humanos y materiales de
un hospital, y hacer que
todos sin excepción
cumplan con sus horarios
y sus obligaciones, y
que ningún material, ni
dinero, desaparezca. Hay
que buscar un equilibrio
entre un servicio que
debe ser cada vez más
eficiente, y dirigido a
cada vez más personas, y
una organización que
cada vez será más
compleja. Las
fotos
que ilustran este
comentario no
corresponden al bebé que
nació en el Cullen
marcado por la
queilosquisis. Pero bien
podrían serlo. Hay que
mirar el antes y el
después, y entender que
muchas cosas no pueden
ser baratas, y que por
tanto necesitan
presupuesto. Poco después de nacer ya dormía plácido, de espaldas, la barriga llena tras haber tomado su leche gracias a un ingenioso artilugio que no es barato pero no importa. Fue entonces cuando una enfermera se acercó sigilosa, diligente y en silencio, y en el brazo izquierdo lo pinchó, apenas casi nada, con una aguja minúscula, más fina que un pelo, y sin mediar palabra aunque sí pensamientos le puso así la vacuna BCG. Lo protegerá contra la meningitis tuberculosa y contra la tuberculosis diseminada, y esto tampoco tiene precio. Me dicen que entonces el bebé se despertó sorprendido, pero miró a la enfermera con confianza. Y dicen también que la enfermera, en aquel rostro partido, en aquella profunda oscuridad rojiza, supo ver una sonrisa.
![]() Hay cosas que no pueden ser baratas, sino que necesitan presupuesto. Sube
la
tuberculosis Cada
vez
hay más casos de
tuberculosis en Santa
Fe, y esto implica
un riesgo más para la
salud de todos. Se trata
de un aumento
importante. Aunque la
tuberculosis afecta a
ricos y a pobres, se
ensaña más con los más
vulnerables, que
son quienes tienen más
fácil el contagio y más
difícil el tratamiento.
Después la enfermedad se
puede expandir sin
respetar barrio ni
condición social,
económica o cultural. En
estos
tiempos en que se
disuelven las
instituciones y las
ayudas, y se
menosprecian los
esfuerzos inteligentes,
la tuberculosis puede
avanzar sin reparos, y
de hecho ya lo está
haciendo. En este avance
resultan decisivas las
malas condiciones en que
muchas personas se ven
obligadas a vivir, y
convivir. Por lo tanto,
la autoridad política, y
la autoridad sanitaria
en particular, tienen
una responsabilidad
evidente en el aumento
de casos de
tuberculosis, en la
dificultad para el
diagnóstico, en el
abandono del
tratamiento, en el
control del paciente y
de todo su entorno. La
vacuna
contra la tuberculosis
(la BCG), en cambio, aún
siendo imprescindible,
no es lo más relevante
en el problema de la
tuberculosis de Santa Fe
porque sólo protege (y
esto no es poco) contra
las formas más graves de
la enfermedad, y sólo
durante los primeros
años de la infancia. No
obstante, el
número de recién
nacidos que reciben
esta vacuna es cada
vez menor. La
vacuna
contra la tuberculosis
es una de las vacunas
consideradas esenciales.
Medio mundo vacuna a sus
recién nacidos con esta
vacuna, y el otro medio
mundo no lo hace porque
tienen mejores sistemas
sanitarios y mejores
condiciones sociales en
la población, y por
tanto menos casos de
tuberculosis. Así es, en
efecto. Por ejemplo: estudios de gran
alcance indican que por
cada dólar que se
invierte en vacunas, el
país se ahorra cuarenta
y cuatro dólares en
atención médica y de
enfermería, medicamentos
y otros tratamientos,
costos sociales, etc.
Dicho de otra manera,
vacunar es más negocio
que curar. Este concepto
no parece importar mucho
puesto que aún se
descuida la prevención y
la atención primaria, y
las vacunas no son tan
accesibles como deberían
ser, y entonces no
llegan a todos a quienes
deberían llegar. //
Publica El Litoral
miércoles, 16/07/25: html
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