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Fe y Barcelona,
miércoles 01/07/26 Infancia
y salud EL ARTE DE HACERSE EL DORMIDO
![]() En medio del azul-celeste argentino, conviene hacer silencio y llamar a sosiego para así escuchar, y saber qué pasa. Los
bebés
pequeños dominan el arte
de hacerse el dormido.
Después de tomar el
pecho, con las urgencias
que sólo el hambre
provoca, y las
habilidades que esto tan
vital conlleva, uno
pensaría que el bebé
pequeño, saciado con
néctar tan maravilloso,
se entregará feliz a los
brazos aterciopelados
del sueño. Pero no es
así. Se hace el dormido,
y ahora veremos qué
pasa, y por qué. Terminada
la
toma, satisfecho el
lactante, quien lo tenga
consigo comienza a
mecerlo suavemente en
brazos para llamar al
sueño con los acunos más
tiernos. Entonces todos
tratamos de mantener un
ambiente de silencio y
de sosiego para que el
sueño venga pronto. El
bebé
despliega entonces su
estrategia. Abre un poco
los ojos y después los
entrecierra una y otra
vez, hasta que al cabo
los cierra del todo, y
hace ciertos movimientos
con los labios para
darnos a entender que ya
está dormido, o que está
a punto de estarlo. Pero
no lo está. Tras
unos
minutos de acunos en
brazos, y varios paseos
por la habitación, llega
el momento de ponerlo en
la cuna para que siga
durmiendo. Es aquí
cuando aparece el
conflicto. Ante el más
mínimo ademán de querer
ponerlo a dormir en la
cuna, sin previo aviso
el bebé emite un llanto
fuerte e inexcusable,
elocuente, y avisa de
esta manera que no está
dormido sino bien
atento. Parecía
dormido
pero no lo estaba. Se
hacía entonces el
dormido. Este es un arte
ancestral que el bebé
domina. Y me parece que
sé por qué, para qué el
bebé se hace el dormido.
Se hace el dormido para
que el entorno haga un
poco de silencio, bajen
el volumen y se llamen a
sosiego. Quiere
silencio
porque quiere escuchar,
quiere saber qué pasa,
qué dicen de él. Sabe
que hay que hacer
silencio para poder
escuchar. Sabe que hay
mucho para decir y mucho
para escuchar, y sólo
bajando el volumen, y
sosegando el músculo,
sólo así se puede saber
qué dicen los demás. Y
esta información es
útil, valiosa,
necesaria. Los demás, en
efecto, tienen mucho
para decir. La
enseñanza,
la lección es evidente.
Hay que hacer un poco de
silencio para poder
escuchar, es decir, para
saber qué pasa. Si no
hay silencio ni sosiego,
siquiera sea un poco,
aquello que digan los
que tienen cosas
importantes para decir,
que somos todos, se
perderá en el tumulto
del ruido. Y ya sabemos
que quien no sabe qué
pasa queda a merced del
otro. Los
del
ruido se quedarán
entonces sin saber,
cansados y
boquiabiertos, mientras
que quienes se llamen a
silencio y sosiego
sabrán qué pasa. Es la
estrategia del bebé
pequeño, que quiere que
lo dejen tranquilo,
quiere que hagan
silencio para poder
escuchar, y quiere
escuchar porque sabe que
hablan de él. Precisamente
porque
se sabe que el ruido
impide escuchar y así
impide saber qué pasa, a
veces se genera ruido
para que no se escuche
lo importante, para que
no se sepa, para que
nadie pregunte ni
cuestione. La enseñanza
del bebé que se hace el
dormido para saber qué
se dice, y qué dicen de
él, es una metáfora de
lo que estos tiempos
necesitan. Pongamos
un
ejemplo. Con tanto
ruido, pocos supieron
que el 20 de junio fue
también el Día Mundial
del Refugiado. Los
refugiados son las
personas que se ven
forzadas, o son
obligados a la fuerza, a
dejar y abandonar la
casa donde viven, el
barrio, la ciudad,
incluso el país, para
intentar huir de la
violencia, de la
persecución de la cual
son objeto, o de un
desastre natural. Los
refugiados
son a la vez
desplazados. De los
varios millones de
desplazados que hay hoy
en el mundo, los menores
de edad constituyen una
alta proporción. Según
informa Naciones Unidas
(1), mientras que los
menores de edad son un
29% de la población en
general, entre los
refugiados son el 39%. Esto
parece
indicar que habría al
menos un 10% de menores
de edad que están
refugiados o han sido
desplazados sin sus
padres o sin los adultos
de su familia, y esto
tal vez esté informando
sobre el incierto
destino que tuvieron
estos adultos. Con o sin
adultos que los
acompañen, las
perspectivas de los
menores desplazados es
igualmente incierta. Los
chicos
desplazados pierden el
nexo con la escuela y
con los centros de
salud, y quedan
expuestos por tanto a la
enfermedad, a la falta
de vacunas y a quedarse
sin ayuda. Quedan
expuestos a unas
condiciones miserables
de vivienda, sin agua ni
comida, ni techo, y con
frecuencia pierden parte
de la familia. Y quedan
a merced del abuso
sexual. Para
ellos,
las perspectivas, las
esperanzas, son pobres.
Y la desesperanza, y
esto también se ve en
las calles de Santa Fe,
es un sentimiento que
impide ver la salida.
Continúa que hay
numerosos chicos
errantes en la ciudad, y
estos chicos, aunque de
una manera diferente,
también son desplazados
a la fuerza porque no
eligen vivir en las
condiciones en las que
es fácil verlos. Y
no me privaré de decir
una vez más que el
Mundial, pese a ser un
negocio de proporciones
colosales cuya materia
prima es el sentimiento,
ayuda poco o nada en la
difícil tarea de ofrecer
esperanza, y soluciones
concretas y efectivas, a
la infancia y a la
adolescencia que, sin
mérito ni culpa, espera
la oportunidad que le
corresponde. Cancha en silencio para saber
más En
la
foto que ilustra esta
nota abunda el
azul-celeste argentino,
y alguien podría pensar
que se trata de un
humilde campito de
fútbol en algún rincón
olvidado de nuestro
país, y que el chico que
allí se ve con muletas
es un argentino harto
desafortunado. Pero no
es así. La
región
del mundo donde hay más
chicos amputados es
Gaza, pero no es el caso
de este chico. Según
Naciones Unidas, el
número más alto de casos
de violencia grave
contra la infancia y la
adolescencia desplazada
se registra en
Palestina, Congo,
Somalia, Nigeria y
Haití. Son casos de
muerte, mutilación,
negarles el acceso a la
ayuda humanitaria y
reclutarlos como
soldados (1). Tampoco es
el caso. La
foto
cuenta la historia de
ese chico. En Irak
tuvieron que amputarle
la pierna derecha como
consecuencia de la
explosión de una mina
antipersona. Después,
desplazado a un campo de
refugiados en Siria,
dentro de su desgracia
tuvo suerte porque
recibió una prótesis con
la cual volvió a caminar
sin muletas. Pero los
chicos crecen. Al
crecer
en altura y corpulencia,
al niño iraquí pronto la
prótesis le quedó corta,
y en la parte de arriba
ya no le encajaba en el
muñón. La prótesis,
entonces, ya no le
servía, y la tuvo que
dejar, y se la adaptaron
a otro chico amputado. Pero
para
él ya no había otra
prótesis, y tuvo que
volver a las muletas. En
el campo de refugiado
donde estaba, la
organización no
gubernamental Save de
Children le ofreció la
oportunidad de jugar al
fútbol, con una pierna y
dos muletas. Y con la
excusa del fútbol volvió
a la escuela, y entonces
su vida tiene ahora
mejores perspectivas. Esta
anécdota
con su foto son un
ejemplo que procede del
informe 2025 de Save the
Children (2) sobre las
terribles consecuencias
de los bombardeos en los
niños y adolescentes. Aquí
se
explica también hasta
qué punto extremo las
guerras modernas afectan
muy especialmente a la
infancia mientras que
comprometen a cada vez
menos soldados. La
destrucción, la muerte y
la mutilación a
distancia son hoy
habituales. Y los
estudios sobre el
terreno demuestran que
la infancia resulta en
proporción más afectada,
y con heridas más
graves, que los
adultos.- Publicará El
Litoral, día xx/07/26:
html - jpg. (1)
«Children
and
adolescents in the
humanitarian response»
The Lancet Child &
Adolescent Health,
19/06/26. (2)
«Children
and blast injuries.
The devastating impact
of explosive weapons
on children: 2020-2025»
Save the Children, 2025.
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