Actualización
quincenal, días 1 y 15
de cada mes Santa
Fe y Barcelona,
domingo 15 de febrero
de 2026
Infancia
y
salud EL
SÍ PERO NO Pleno
de algarabía, lleno
de vida en noviembre
y diciembre, el
patio escolar
languidece en enero
y febrero mientras
los chicos miran en
las pantallas una
vida que no es así. «La
pelota, la pelota,
señor, la pelota»,
pedían un conjunto de
chicos que hasta hacía
un momento jugaban del
otro lado de la verja.
Se los veía ansiosos
por recuperar aquéllo
que les pertenecía,
por seguir jugando con
la pelota en la
escuela. El
señor en cuestión, que
pasaba casualmente por
la vereda de la
escuela Roca, entendió
de inmediato el
mensaje y la urgencia
de la situación, y a
la vez vió la
oportunidad de ser una
buena persona, sobre
todo sensible a la
necesidad ajena, y se
dispuso a devolverles
la pelota. La
escuela Roca debe su
nombre a quien fuera
responsable del
genocidio conocido
como la Campaña del
Desierto (1878-1885) y
del expolio que le
siguió, y del cual
todavía se benefician
sus herederos. Dos
veces presidente de
los argentinos,
gobernó de manera
fraudulenta,
antidemocrática y
oligárquica. No
parece, en
consecuencia, el
nombre más adecuado
para una escuela
infantil. Serían
alumnos de primer
grado, homogéneos por
la edad pero
heterogéneos por el
aspecto. Jugaban con
una pelota en el
jardín de adelante de
la escuela cuando,
dada la intensidad y
el entusiasmo del
juego, la pelota saltó
del recinto, pasó por
arriba de la reja y
cayó en la vereda
justo en el momento en
que pasaba aquel
señor. El
señor la levantó del
suelo. Pero la carne
es débil, sobre todo
para quienes tienen la
pelota en la mano, la
vaca atada o la sartén
por el mango. Era una
pelota de plástico, ya
un poco desinflada,
barata de comprar pero
valiosa a la hora de
jugar. Los
alumnos se dieron
cuenta de que estaban
a punto de recuperar
la pelota gracias al
buen gesto de aquel
señor, que ya se
disponía a tirarles la
pelota por arriba de
la verja. El
entusiasmo, la ilusión
se hizo entonces casi
palpable en la cara de
aquellos niños, ajenos
a la basura. Unos
días después se
sabría, gracias a los
medios de
comunicación, que
por detrás de la
escuela Roca crecía
sin respeto ni
disimulo otro
basural a cielo
abierto. Y se
quejaban los vecinos
de que venían de más
allá para tirarles la
basura, incluso
animales muertos,
justo detrás de la
escuela. La
carne es débil, en
efecto, y para algunos
es fácil caer en la
tentación de dejar la
basura, al sol, en
verano, detrás de una
escuela, sin
considerar que por
allá pasan chicos
antes y después de
clase, y que durante
el patio respiran
miasmas y malos
olores, y se exponen a
las moscas. El
señor, ajeno a la
basura, aquella mañana
de primeros de
diciembre, con un
calor que anunciaba
más calor, comenzó una
maniobra histriónica,
teatral, narcisista,
mediante la cual
pensaba impulsar la
pelota para que pase
por arriba de la verja
y caiga en el jardín
de la escuela, donde
los chicos la
esperaban con ansias.
Fue entonces cuando
sintió el mordisco de
la corrupción. Poco
después, el último día
de enero, sabríamos
que en
Argentina aumentó la
tasa de mortalidad
de bebés menores de
un mes. Se
mueren muchos, más que
en otros países. La
carne, en efecto, es
débil, y cae con
facilidad en la
tentación de reducir
el gasto en salud
materno-infantil. Los
vecinos reclamaban a
unos que por favor no
tiren basura donde no
se puede tirar basura,
y a la autoridad
municipal que cumpla
con la obligación de
retirar las basuras,
incluso animales
muertos, de la parte
de atrás de las
escuelas. Pero,
como ya sabemos, la
carne es débil y cae
con facilidad en la
tentación de no saber,
o de olvidarse, o de
dejarlo para el lunes
o martes porque hoy es
viernes. Bien sujeta
la pelota con una
mano, el señor aquel
dirigió el brazo hacia
atrás a fin de tomar
más impulso, y con
ímpetu juvenil luego
impulsó el brazo hacia
adelante. Al
llegar al punto exacto
en que debía liberar
la pelota de las
garras de su mano para
que, gracias al
impulso, saliera hacia
quienes la esperaban,
mantuvo en cambio los
dedos aferrados y la
pelota que debía
salir, no salió. Había
caído, el señor, en la
tentación de retener
la pelota para sí,
dado que su carne,
antes fuerte, había
caído de pronto en una
súbita debilidad. El
desencanto fue
mayúsculo, y todo el
grupo emitió un grito
de reclamo. Mil voces
infantiles reclamaron
lo que les pertenecía,
y seguro que sintieron
rabia e impotencia,
porque los chicos
todavía no entienden
qué quiere decir
aquéllo de que la
carne es débil, ni
conocen aún el viejo
truco del sí pero no. Pero
los chicos aprenden
rápido y pronto
descubren que la
excusa de la debilidad
de la carne argumenta
no pocas tropelías, y
el truco del sí pero
no lleva a ya no creer
más nada de la palabra
de según quiénes. Entonces
el señor sintió el
mordisco del
desengaño, de la
estafa, de la palabra
que no se cumple. Y
comprobó en un segundo
cuánto daño hace el
gesto teatral, la
palabra vacía, la
promesa que no se
cumple, el abuso de
poder, la demora, el
discurso oportunista,
la burocracia, el fin
de semana, el sí pero
no. Y
sin perder ya más
tiempo, sin teatro ni
gestos prometedores,
les mandó la pelota
por arriba de la verja
y los chicos la
recibieron con plena
algarabía y retomaron
felices aquel juego
que una pelota perdida
había interrumpido.
Para que el sí, al
menos en la infancia,
sea sí de verdad. La
debilidad de la
carne Si
de mordiscos hablamos
y en Carnaval estamos,
recordemos que los
días de Carnaval,
según la tradición,
son para liberar la
carne de sus ataduras
y darle rienda suelta
al impulso, porque al
día siguiente comienza
un período de
penitencia, de rigor,
de cenizas, de
Cuaresma. Alguien
podría entonces
sentir, en sus propias
carnes, el poderoso
mordisco, el poderoso
impulso de la carne, y
luego podría dejarse
caer en la tentación,
y esto no es teoría ni
es metáfora sino una
realidad. El
señor que comentaba
continuó su camino. Y
pensaba cómo es de
fácil acceder a los
alumnos de una
escuela, y darles o
negarles algo. En
efecto, hoy en día es
imprudente, peligroso,
nada responsable,
arriesgado permitir
que unos alumnos
jueguen en la escuela
ante la mirada de
quien pase por la
vereda, y de cuyas
intenciones nadie
puede asegurar nada. La
carne es débil, y las
cosas pasan aún
pensando que nada
puede pasar, y cuando
pasan es que ya
pasaron, y ya es tarde
para llorar sobre la
leche derramada. La
algarabía del jardín
de adelante de la
escuela Roca, aquella
calurosa mañana de
diciembre, contrasta
con el silencio, con
la soledad, con el
abandono del mismo
jardín durante los
largos días de enero y
febrero. Las ratas del
basural de atrás
podrían disfrutar
impunes en dicho
entorno escolar, y
hacerlo ante la mirada
de todo transeúnte que
acierte a pasar por
allí. Un
jardín, un patio
cerrado en verano, y
los chicos afuera,
enganchados a las
pantallas, enfermos
por las redes, es una
herida que sangra, y
que debería avergonzar
a muchos. Después las
cosas pasan, y no son
pocos los que, ante la
leche derramada, se
rasgan en público las
vestiduras y prometen
el oro y el moro, o
incluso amenazan con
hacer algo. El
argumento mil veces
repetido de que no hay
presupuesto ni
personal para atender
a las necesidades de
la infancia en enero y
febrero hace tiempo
que perdió toda
credibilidad. Y ahora es todavía menos creíble porque resulta que tenemos generoso presupuesto y tenemos suficiente personal para organizar unos Juegos Suramericanos que no son necesarios, que no son más que pan y circo. Pero no hay presupuesto ni personal para salvaguardar la dignidad de las escuelas, ni de la infancia. // Publicará El Litoral, día ??/02/26: html - jpg.
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