Actualización
quincenal, días 1 y 15
de cada mes Santa Fe y Barcelona, sábado 01/08/26
Infancia
y
salud SI
DE VERDAD Y CON LIBERTAD El
Día
del Niño cambió, y
esto hace pensar
cómo cambia también
el valor del juguete
y qué diferente es
el concepto de
jugar, mientras la
mayoría de los
chicos argentinos
menores de cinco
años carece de obra
social. Este
domingo 2 de agosto
hubiera sido el Día
del Niño, pero el
infinito laberinto de
los intereses
particulares lo cambió
de domingo, y después
lo volvió a cambiar.
Ninguno de estos
cambios obedeció al
interés superior del
niño. Al parecer se
trata de juguetes.
Entonces me pregunto
qué eligiría un niño
si de verdad y con
libertad pudiera
elegir. Si
de verdad y con
libertad un niño
pudiera elegir, más
que un juguete
eligiría jugar, es
decir, pediría más
tiempo para jugar, ya
sea con otros chicos,
ya sea con sus padres
u otros de su entorno.
Todos sabemos que un
juguete no es lo mismo
que jugar, y que
regalar un juguete
puede quizás querer
decir que no hay
ganas, ni tiempo, ni
onda para jugar. Ahora,
aprendida la lección,
quien la haya querido
aprender, me parece
que si un chico
pudiera de verdad y
con libertad elegir,
no eligiría un
campeonato, ni de
fútbol ni de nada,
porque no se trata de
ver quién es el mejor,
ni menos de buscar uno
que gane y otro que
pierda. Sino que se
trata de jugar, que es
otra cosa, al menos
durante la infancia. Jugar
de verdad y con
libertad implica que
no hay ganadores ni
perdedores, sino
chicos que contentos
juegan, que contentos
se conocen, que
contentos aprenden.
Contentos se integran
así en un conjunto, y
este conjunto es hoy
para jugar y mañana
será para enamorarse,
para preguntar por un
trabajo, para
compartir un estudio,
para salir a caminar y
conversar de las cosas
que nos pasan. En
efecto, el concepto de
ganar o perder, y
menos aún el concepto
de jugar con el
objetivo de ganar,
asumiendo por tanto el
riesgo de perder y de
ser entonces el
perdedor, estos no son
conceptos infantiles
sino fórmulas,
prácticas, modos de
hacer, cuestionables,
que les inculcan los
adultos. No
obstante, es habitual
ver que adultos de la
familia, y políticos
diversos, intentan que
el afán de competir se
incorpore precoz a
unos juegos infantiles
donde este afán no
estaba, ni quiere
estar. El afán de
jugar y a la vez
competir para ganar
suele generar
sentimientos de
creerse superior o de
sentirse inferior. Y
esto no es bueno para
el público infantil. Esto
de inculcar el afán de
jugar para ganar, y de
evitar por tanto la
condición de ser quien
pierde en el juego, y
luego en la vida, trae
consigo unos efectos
secundarios adversos
que bien a la vista
están. Hay que pensar
en casos de dificultades
con la salud mental,
en casos de violencia
entre jugadores, entre
espectadores, y entre
unos y otros. Hay
que pensar también en
la pérdida de algo que
sigue siendo valioso:
la camaradería. La
camaradería es
pariente de la
caballerosidad, y
estos valores siguen
siendo válidos, y
mucho, tanto para el
juego, primero, como
para el deporte,
después. Y siguen
siendo grandes
valores, inmortales,
que conviene enseñar,
y recordarlos una y
otra vez, de palabra,
y sobre todo con el
ejemplo. Ganar
siempre es efímero,
nunca satisface del
todo, y a veces son
laureles sobre los que
ingenuo se duerme el
ganador. Y perder hace
pensar en revancha,
que es pariente de la
venganza. Nada de esto
es para los chicos. Ver
jugar tampoco es
jugar, y por tanto no
es lo mejor para los
chicos. Ellos quieren
jugar, participar del
juego, integrarse en
el juego. Esto es
mejor que ver cómo
otros juegan sin
entender por qué no se
divierten jugando,
sino todo lo
contrario. Más que una
pelota quieren un
compañero para jugar a
la pelota, o a lo que
sea, hoy y mañana, y
un rato todos los
días. Si
de verdad y con
libertad pudieran
elegir, estoy seguro
que eligirían ir a
clase en vez de
quedarse en casa,
presos de una
pantalla. No elegirían
saber quién es el
ganador, sino que
quieren saber cómo
puedo hacer yo para
jugar, cómo se hace
para entrar, cómo hago
para que me reciban,
quién quiere jugar
conmigo, ninguno
pierde, todos ganan.
No se trata de
competir, sino de
vivir. Hay
una diferencia
evidente entre jugar y
regalar un juguete.
Hay una distancia
decisiva entre jugar y
jugar para ganar. Y
hay también
diferencias relevantes
entre jugar y ver
jugar. Lo que los
chicos necesitan es
jugar y aprender del
juego sano y
desinteresado. Que
nadie pretenda
entonces acortar los
plazos de la infancia
llevando los niños
antes de tiempo a un
escenario adulto. Los
chicos, en efecto,
necesitan vivir como
chicos, y en ningún
caso como adultos en
miniatura, porque no
son adultos en
miniatura sino
pequeños individuos
llenos de grandezas, y
de futuro. Pese a
esto, tan claro y
evidente, pese a que
son el futuro, la
mayoría de los chicos
argentinos menores de
cinco años vive hoy
sin cobertura de obra
social. Según
datos oficiales del
Instituto Nacional de
Estadística y Censos,
el
51% de los menores
de cinco años
carecían de obra
social en 2024.
Es posible que este
porcentaje sea hoy un
poco más alto. Aunque
el sistema de obras
sociales no es el
mejor sistema de
salud, no tener obra
social implica
desprotección,
desigualdad, menor
acceso, menor
servicio, peores
perspectivas, y así
está la mayoría de los
menores de cinco años
en Argentina. En estos
tiempos de
argentinidad exaltada,
estas carencias son
otra mancha
inexcusable. Y esto no
es un juego, ni con
esto se puede jugar. La
mayoría sin obra
social Como
decía, según datos
oficiales de 2024, la
mayoría de los chicos
menores de cinco años
de edad carece de obra
social en Argentina.
Siendo así, toda la
atención de pediatría
y de enfermería de
pediatría de estos
chicos, tanto los
controles de niño sano
como la atención de
niño enfermo, sólo
puede hacerse en
hospitales y centros
de salud de la sanidad
pública. El
acceso a los centros
de salud suele estar
condicionado por menos
horarios, menos horas
de atención. Por
limitaciones de
personal, por esperas
difíciles de entender,
por salas de espera
que deben asumir alta
carga asistencial y de
muy variada
complejidad, etc.
Tener una obra social
abre fácilmente
ciertas puertas
mientras que no tener
ninguna obliga a
vencer ciertos
obstáculos. En
términos absolutos,
ese 51% de menores de
cinco años que no
tiene obra social
representa casi un
millón y medio de
chicos. Y están
precisamente en una
edad en que se
necesitan, más que en
otras edades, tanto
los controles de
crecimiento,
desarrollo, vacunas,
etc., como la atención
a la enfermedad. Siendo
entonces que cada vez
hay más chicos que
necesitan los
servicios de la
sanidad pública, y
éstos ya son mayoría,
parece lógico que haya
que reforzar la
atención de pediatría
y de enfermería
pediátrica de los
centros de salud. Esto
no parece difícil dado
que inversiones más
grandes se han puesto
sobre la mesa, y
organizaciones más
complejas están en la
agenda. Es en los centros de salud, y no en una guardia de pediatría de hospital, donde se debe solventar la mayoría de los temas habituales de pediatría, incluso sin la presencia obligada de un médico pediatra. Para esto hay que mejorar tanto la imagen exterior, la accesibilidad, la confianza, etc., como las competencias en atención de pediatría de los centros de salud de la sanidad pública.- // Publica El Litoral, miércoles 05 y xx xx/08/26: html - jpg.
Hay que mejorar por dentro y por fuera: desde hace meses, un charco de agua negra preside casi todos los días la vereda maltrecha de un centro de salud.
Rescatados
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