Em sento a voltes molt cansat i penso
com seria agradable tancar els ulls
i perdre's en un mar immens de fosca
tràgicament quiet, un mar immòbil.
Miquel Martí i Pol (1929-2003): Un gran bosc de paraules.
Diputació de Barcelona, 2007; pàg. 166. Barcelona y Santa
Fe, lunes 23 de enero de 2012
Tres naufragios y un
penal
Tres naufragios coinciden en
estas fechas, y algunos de quienes sobrevivieron a uno de ellos viven
en Santa Fe. Según me dicen, poco se sabe en la ciudad, pero
muchos recuerdan el naufragio del Monte Cervantes, tal vez porque en
él navegaba gente de Santa Fe, y se salvaron sufriendo no pocas
penurias.
Este año se cumple un siglo del desastre del Titanic, que
tropezó con unos témpanos que le abrieron grave
vía de agua en el casco, y que se hundió en las aguas
frías del mar, al sur de Terranova, la madrugada del 15 de abril
de 1912. Sobre este tema se habló mucho y mucho se
hablará este año, y del naufragio y la muerte
volverán a comer las bocas insaciables del negocio. No es el
caso del Monte Cervantes, de cuyo naufragio se cumplieron ayer 82
años.
El tercero es el naufragio del Costa Concordia, que encalló
entre unas rocas de la costa italiana, frente a la Toscana. Las rocas
le abrieron grave vía de agua en el casco, y la nave se
escoró hasta el punto de quedar semisumergida, recostada sobre
las piedras. Al Monte Cervantes le pasó algo similar, y siempre
que pasa algo similar, es decir, lo de siempre, uno se pregunta
cómo es que no se aprende la lección, cómo es que
el hombre tropieza una y otra vez con la misma piedra.
Veo que los tres naufragios tienen dos elementos en común: los
tres penaron por culpa de un obstáculo que podía haberse
evitado, rocas o témpanos. Y en los tres hubo descuido,
negligencia, desidia, abandono en el caso del Costa Concordia, y dicen
que borrachera en el caso del capitán del Monte Cervantes.
Éste era un experimentado navegante, pero nunca antes
había navegado por las aguas frías del canal de Beagle,
donde tropezó con unas rocas y donde dejaría la vida.
Hubo más muertos y heridos en el Costa Concordia, que
encalló el pasado viernes 13, que en el Monte Cervantes, que
encalló el miércoles 22 de enero de 1930. Ambos cruceros
tenían un mal antecedente, y supongo que los pasajeros lo
desconocían cuando subieron a bordo. En efecto, los dos buques
habían tenido que ser reparados de una avería en el casco.
El 22 de noviembre de 2008, el Costa Concordia entraba al puerto de
Palermo, en Sicilia, cuando una ola lo embistió de tal manera
que el crucero chocó con violencia contra el muelle, y del golpe
se le abrió una brecha en el casco. El Monte Cervantes, por su
parte, como el Titanic, chocó contra un témpano durante
un crucero turístico, en este caso en el Ártico. Era el
25 de julio de 1928. El golpe le provocó una vía de agua,
pero el buque consiguió llegar al puerto de Spitzberg, en
Noruega.
Año y medio después, el Monte Cervantes zarpó de
Ushuaia con 1.117 pasajeros (tenía capacidad para 2.000). Cerca
del faro Les Eclaireurs, el Monte Cervantes chocó contra unas
rocas que al parecer no estaban cartografiadas. Que no lo estaban, que
no figuraban en las cartas de navegación, es lo que dijo el
capitán del Costa Concordia en un intento de justificar la
razón por la que ese coloso, moderno como pocos, chocó
contra unas rocas.
Las rocas le abrieron al Monte Cervantes una herida tan importante que,
ante el peligro de hundirse, se decidió el abandono inmediato de
la nave. Todos los pasajeros pudieron llegar a tierra firme, sobre todo
en los botes salvavidas del buque y en dos lanchas que llegaron
rápidamente: una procedía del navío Vicente Fidel
López, de la Armada Argentina, que estaba en el puerto de
Ushuaia y que también se desplazaría en seguida hacia el
lugar del accidente.
La otra lancha procedía del penal de Ushuaia, que
demostró ser una cárcel más solidaria con los
turistas que con los presos, que estaban recluidos en condiciones que
provocan escalofríos. Allí cumplía pena el
anarquista Simón Radowitzky, condenado a cadena perpetua por el
atentado que mató a Ramón Lorenzo Falcón, el jefe
de policía que con tropas de infantería y
caballería ordenó la salvaje represión de la
Semana Roja de Buenos Aires, en 1909, pese a lo cual un monumento en el
porteño barrio de Recoleta perpetúa su memoria.
El naufragio del Monte Cervantes y la relación de los
náufragos con el penal volvió a poner en primera plana
informativa al conocido anarquista. Y fue gracias a una oportuna
entrevista periodística, publicada en Buenos Aires por el diario
Crítica, que unos meses después del naufragio
recibió el indulto del entonces presidente Hipólito
Yrigoyen, que se lo había prometido 14 años antes.
Simón Radowitzky abandonó el penal, y el país, y
sirvió luego en el bando republicano durante la Guerra Civil
Española; moriría años después, en
México. El penal de Ushuaia lo trató con una crueldad
extrema, tal vez fueran órdenes de venganza que venían de
Buenos Aires. Este presidio alojaba a delincuentes comunes, presos
políticos y a otros anarquistas, y cerró definitivamente
sus puertas en 1947. Hoy se lo puede visitar, diría más
bien que es una visita obligada de la ciudad más austral del
mundo.
Todos los pasajeros del Monte Cervantes pudieron llegar sanos y salvos
a tierra firme, y la nave quedó varada en los arrecifes. Al
día siguiente, cuando desembarcaban el equipaje, la nave se
escoró más y más, y acabó por hundirse,
aunque parcialmente. El capitán, Teodoro Dreyer, murió
con su nave. Se dice que no quiso dejarla, que quiso morir en ella,
dicen que le pidieron con insistencia que salvara su vida, pero
él se hundió con la nave.
La ciudad de Ushuaia tenía entonces unos 800 habitantes, tal vez
1.000, y tuvo que recibir a los más de 1.000 del Monte
Cervantes. A duras penas pudieron darle cobijo a todos, la
mayoría recibió alojamiento en el presidio. Sobre este
punto, la prensa española afirmó, con la elocuencia de la
época, que los náufragos "han sido desembarcados en
Ushuaia, cerca de una colonia penitenciaria que alberga a peligrosos
criminales. Los locales puestos a su disposición son
insuficientes, y por ello, y por la peligrosa vecindad, la
indignación es grande entre los náufragos de aquel
paquebote, turistas alemanes en su mayoría".
Este recorte procede del diario ABC, de Madrid, que en su
edición matutina del 25 de enero de 1930 daba noticia de lo
sucedido. Como el Costa Concordia, el naufragio del Monte Cervantes
tuvo importante repercusión en la prensa. Aparte de turistas
alemanes, el crucero llevaba turistas argentinos, algunos de Buenos
Aires, otros de Santa Fe.
El Monte Cervantes se hundió del todo en 1954, el 7 de octubre,
durante unas maniobras que pretendían reflotarlo y llevarlo a
puerto para desguace. Uno de los barcos que participó en esas
malogradas maniobras, el Saint Cristopher, navío con casco de
madera, está varado en la bahía de Ushuaia, frente a la
ciudad, en malas condiciones de conservación, un recuerdo
esquelético, un espectro, iluminado por las noche para delicia
de algunos turistas, y para sorpresa de otros.
Y los restos del Monte Cervantes están allí donde
encalló, en el fondo del mar. Y de él dan cuenta los
buzos de la Asociación Fueguina de Actividades
Subacuáticas y Náuticas, cuyos socios son, quede
constancia, personas maravillosas y envidiables. //